Ríete tú de la crisis. Haberla, ¿hayla?

Humberto Cacho Picaporte era de los que veían la paja en el ojo ajeno. No en vano se dedicaba a la pornografía en calidad de, o quizá cupiera mejor aquí decir en cantidad de, actor. Y a decir verdad, la crisis afectábale poco o nada, cuando ni tan siquiera tenía coche propio o carnet de conducir con que llevarlo “crudo”.

“Crisis, ¿qué crisis?, eso son pajas mentales”, reflexionaba entonces Humberto sobre el particular. La verdad es que en la industria donde Humberto daba el callo, las cosas no se habían visto afectadas.  O si acaso al alza.

Ya se sabe que en tiempos de crisis la gente corre a refugiarse en el sexo. Bueno, cierto es que en los buenos tiempos también… y que en los

regulares no menos. Sólida industria ésta, si señor.

 

Sin embargo, el que no seguiría al alza por mucho tiempo sería el bueno de Humberto. Las cosas se le complicaron durante el rodaje de “Te ví’ a poner haciendo el pino puente en Madison”. Todo ocurrió grabando una secuencia donde Humberto daba vida a un arriesgado e intrépido fotógrafo del National Geographic que, en habiendo conocido a una bella manceba del condado de Madison, se propone conocerla mejor aún. En la incesante búsqueda de innovación y de nuevos lenguajes a que se debe todo arte, la escena requería que tan arrojado fotógrafo envidara a la doncella a la orillita del río, pero dejándose caer desde lo alto de un viaducto al estilo puenting. Un fallo inesperado en la

coreografía, por mor del miedo escénico a última hora de la moza, hizo que Humberto sufriera un impacto púbico contra el suelo de 6’3 en la escala de Righter, lo que le valdría a consecuencia, además del susto, el diagnostico de una enfermedad de esas raras que apenas padece una persona de entre una miríada: el llamado mal del avestruz, o también conocido como pene severamente introvertido.

 

Tras aquello, Humberto quedaría únicamente para papeles pasivos en filmaciones para entendidos y como no acabara de sentirse del todo cómodo funcionando con retrovisor y no deseando desvincularse de aquel mundillo que tanto le había dado, pensó Humberto en dirigir sus propios largometrajes, llegando a presentarse al examen para realizador, insinuándosele, de resultas, que mejor se buscara otra cosa pues no tenía la vis poética que había que tener.

 

Así pues, Humberto salió al mundo exterior con una mano delante y otra detrás, dirigiéndose a lo primero al que fuera su anterior sector, el de la construcción. Allí había vivido también sus buenos momentos antes de que pasara por delante de la obra donde trabajaba el que sería su tren, de la mano de una ojeadora de la Metros, una de las productoras cinepornográficas importantes, quien, tras reparar en Humberto y su tortuosa orografía, dióse allí mismo en declamarle una barahúnda de voces y exabruptos sobre un lecho de sedosas onomatopeyas (pretendidas lisonjas, vamos), con tal delirio lírico en frenético in crescendo, que no pudo sino desbocarse en una traca final de jaculatorias en lenguas muertas (o eso parecían a tenor de su musicalidad gutural). Claro que, en viendo esto, los pobres obreros habían tenido que interrumpir su fajina en los andamios, víctimas de la congoja y la pesadumbre,  y andaban con el corazón tan en un puño que sólo  encontraron consuelo con la asistencia y confesión por parte de una docena de sacerdotes, algunos de los cuales, versados en la liposucción del alma, sofocaron los últimos rescoldos y estertores de aquella sicalíptica rapsoda a base de exorcismos.

 

Ahora, al regresar al edificante sector del ladrillo para reencontrarse con su antigua profesión, Humberto únicamente consiguió que se partieran la caja de él, en sus narices, y no sólo por su severa introversión. De hecho sólo pudo entrevistarse con los vigilantes gitanos, pues el resto de la plantilla había sido traspasada al INEM sin pasar por la casilla de salida. Esperanzado, Humberto se personó en el INEM, donde, por segunda vez en el día,  se volvieron a partir de la risa en su cara. Y no por su timidez pubiana precisamente.

 

De manera que, entre la inflación que registraba subida de precios cada tres minutos, su situación varada en el desempleo y los tratamientos médicos que tuvo que procurarse por su cuenta si quería paliar un poco sus males y experimentar alguna mejora antes de que se hubiera cumplido el décimo aniversario de su lesión, los ahorros que Humberto había atesorado fueron menguando traumáticamente. Un poco desesperado y sin que hubiera llegado solución alguna a su zozobra, Humberto decidió que malversaría las arcas de una gasolinera, con prevaricación, pues de natural era innato al acto, pero sin acudir en ningún caso al cohecho y con la menor apología del terrorismo posible. Ataviado con la mascara que tanta gloria le diera en la saga

El mamporrero del Antifaz I, II, III…MDCLVII, se dirigió al que esperaba fuese su retiro definitivo.

“La pasta está en las gasolineras”- se regodeaba frotándose las manos por el camino. “Ja, ja, ja” –  poco después se partía espontánemente la caja, rebosante de telarañas, el gasolinero. Tras un somero registro, Humberto comprendió. Lo único que había allí hasta los topes eran los surtidores de combustible. De haber existido el mal de la navaja severamente introvertida, seguro que allí se hubiera originado un nuevo brote.

 

Humberto se embarcó entonces en fraguar algún invento o gadget, con el que rearmar su brazo, para así poder reinsertarse en el negocio de la coyunda.

Su regreso hecho todo un Robocop sería un bombazo seguro. Y así lo pensaron también en la industria, pero desgraciadamente sólo llego a rodar algunas escenas en plan monólogo o solitario. El que no se encontrará antagonista alguno dispuesto a la coadyuvación con el nuevo Humberto debió posiblemente  influir. Y el chirrido poco elegante de su gadget, también. El pobre Humberto tuvo, además, que desembolsar de su bolsillo los gastos devengados de la malograda producción.

 

La cosa no podía ir a peor. Asomado al alfeizar de la ventana de su apartamento, sopesando los pros y los contras de los doce pisos de altura que tenía ante sí, manaron repentinos en su mente los alegres ecos carcajeantes de aquel empleado de la gasolinera. “¡Claro, como no me había dado cuenta antes!”, exclamó y corrió hacia el teléfono inútilmente, pues lo tenía cortado por falta de pago hacía un par de meses.

 

Humberto volvió a aquella gasolinera, asociado ahora con un transportista con camión cisterna propio, que, sumido igualmente en la penuria de verse en el ostracismo de los mercados, se avino con él a sus nuevos planes. Y así lo hicieron. Se llevaron toda la gasolina hasta en botellas de dos litros. El objetivo apostarse en el arcén de una recta con buena visibilidad del tramo Loeches-Ajalvir, cual barraca de melones en carretera, y a dispensar la bencina al grito de “¡A euro el litro, señora!”. Había que ver como se la quitaban de las manos.

 

Diez minutos después de esto, se detectaban ciertos brotes de atascos y embotellamientos en las principales vías de la metrópoli, con la consiguiente y esperanzadora evolución positiva en los índices de CO2, y algún que otro repunte en el número de matriculaciones en cursos de Pilates, así como en otros indicadores activos del estado de bienestar. 

 

Aquel hecho, a la postre histórico y de tan notable inflexión como lo fueran la toma de la bastilla o la llegada de Gran Hermano a la televisión en su momento, había actuado, según los expertos, a modo de contumaz desfribilador ante una economía sobre la que habían empezado a cernirse las córvidas sombras de un neocomunismo neomarxista y neojudeomasónico.

 

A consecuencia, el presidente del gobierno y el ministro del ramo correspondiente, se habían visto obligados a apostarse en una recta con buena visibilidad para dispensar combustible, concediéndoselo en un primer momento sólo a su electorado, para luego, ante la amenaza de que se rompiera el país, servirle ya a todo el mundo (que tuviera papeles, se entiende).

 

Tras el disparo que acabó con la vida del presidente mientras expendía gasolina, sonriente y besando a los niños, hubo una voz que quiso ver detrás, la mano negra de un contubernio de multinacionales petroleras. Más pronto surgió la unánime voz de quienes proclamaban aquel desdichado incidente como un accidente, debido al enclave cercano de un campo de prácticas de tiro para invidentes. Se cerró el campo de tiro y con él el magnicidio. Se retiraron

los camiones cisternas de las cunetas por contravenir el código de la circulación y se encarceló a Humberto, librándose de correr la misma suerte su socio el transportista, gracias a la intermediación de un ímprobo, opíparo e influyente preboste de la industria porno, que había visto grandes y nuevos horizontes en aquel hombre y muy especialmente en su camión cisterna.

Anuncios

Un comentario el “Ríete tú de la crisis. Haberla, ¿hayla?

  1. Es curioso esto de la crisis, pues afecta de muy diversas formas.

    Te invito a leer un artículo que explica porque desde que hay crisis es imposible conseguir una entrada para un concierto o sitio en un restaurante:

    http://www.terceraopinion.net/2009/06/07/cuando-aun-no-habia-crisis/

    Un saludo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s