Mozo Se Ofrece

Muy señor/ñora míos:

Ante la firme creencia, fruto de la necesidad, de ser el empleado que está buscando, le traslado mi vida (y milagros) laboral, intentando presentársela en un formato lo más escueto y ameno posible dentro de su desgracia. Al final encontrará también el curriculum, en el que, debo decir en mi favor, he procurado mentir lo mínimo. Agradecido de antemano me despido de usted, a ser posible, hasta la firma del contrato.

 Siendo niño, mi madre fantaseaba con que de mayor, yo, para una mejor clarividencia, su hijo, me hiciera culturista para ocupar algún día un sillón en la Real Academia de la Lengua. Como para mí era motivo más que necesario y suficiente, presto y sin ceremonias, desamparé mis estudios lo antes posible, atropellando la legalidad vigente, para ir en busca del triunfo.

Así pues, apostado en la puerta de la Academia, estuve repartiendo mi currículum durante una buena temporada, con la sana intención de hacerme notar e ir sondeando al mismo tiempo el estado de salud de sus miembros. Entretanto me llamaron de una comunidad de propietarios de la zona, a la que debió llegar mi currícula no sé si por mor de las expectativas que despierta o si por las inasequibles y abstrusas leyes de lo fortuito, para ofrecerme un puesto como extra en las juntas de vecinos, porque no tenían mucho éxito de concurrencia y no querían seguir sufriendo por ello menoscabo frente a las comunidades aledañas y enemigas. Acepté el cargo aunque se trataba de un empleo eventual discontinuo, pues el año que más reuniones habían tenido fueron dos y contando con un conciliábulo extraordinario convocado de urgencia y a horas intempestivas por el presidente, y que, conforme a una corriente de opinión soterrada, congregó para lucimiento y presunción de un albornoz del Waldorf-Astoria, que según perjura la del cuarto abjurando así del máximo mandatario común, no lo adquirió alojándose en tan suntuosa fonda sino por artimañas bastante más oscuras de las que no quiero hacerme eco aquí, tanto por no tenerlo suficientemente contrastado como por si esto pudiera caer en manos de niños, ortodoxos griegos u otras almas sensibles.

En cualquier caso me parecía una buena forma de adquirir experiencia, ganar algún dinerillo y mantenerme ocupado mientras quedaba un sillón vacante en la Real Academia. De esta suerte, a la vez que ensayaba y me preparaba a conciencia mis performances en los cenáculos mancomunitarios, seguía actualizando a diario mi currículum y acudiendo a la Real Academia para mantener vivo el contacto y con él mis esperanzas y expectativas, que crecían de día en día gracias a que, inversa e infaustamente, menguaban las de algún catedrático. Pero la vacante no acontecía y con mi sueldo no me llegaba para todos mis vicios, así que torné la estrategia del ataque frontal un asedio por maniobra envolvente.

Un contacto por parte de padre me consiguió una colocación en un convento de ursulinas, como no podía ser de otra cosa, de ursulina. Dado que la uniformación tipificada para tal ate sólo deja a la intemperie de mitad de la tibia para abajo, no pensé tener mayor problema para disimular mi condición de no ursulina del todo, sin embargo, el primer día de fajina descubrí que las susodichas se depilan al cero cuando a mí en el colegio me llamaban Wifredo el Velloso. No me quedó otra que tonsurarme porque no veas como cuchicheaban y se partían el culo las muy jodías, y es que en todos los sitios cuecen habas. En fin, una vez apurado este asunto los días transcurrían en paz y oración y así lo mismo escardábamos cebollinos en el huerto que elaborábamos unas rosquillas y un vinito dulce que estaban para chuparse cada uno lo que quiera y pueda, que hacíamos punto de cruz, que rezábamos ora por la abolición de la anticoncepción, ora por la reconversión gay o jugábamos con gran deleite y nivel de juego el campeonato íntermonjil de futbito, amén de la jugosa nómina a fin de mes. ¡Ah! aquello si que era vida, amigo. Pero ya se sabe que cuando el diablo se aburre… El consejo de admón decidió que la congregación saliera a bolsa, y claro, a la primera OPA hostil pusieron la otra mejilla y adiós.

Durante todo este tiempo no había renunciado a mis aspiraciones. Un bedel de la Academia, al que traspasé mi empleo de extracomunitario para que tuviera un sobresueldo que le permitiera al hombre darle unos caprichillos a su familia, como cambiar la luz de su casa de 120 a 220 W, o reinsertar a su mujer unos premolares, algunos incisivos y unos pocos caninos que hacía tiempo ya venía echando de menos, me mantuvo periódicamente informado de las novedades a través de mensajes encriptados en la sección de relax de una prestigiosa publicación zoófila y vespertina, por y para evitar dar pistas a la insana competencia.

Hubo un momento crítico en el que pensé que tendría que colgar los hábitos sin el preceptivo preaviso con 15 días de antelación, porque el sillón cedilla (anexo al C) quedaríase al punto expedito. El titular, don Aniano Suturado, de 86 años de edad, se había hecho una operación de cambio de sexo y la noticia, no se sabe como, había transcendido. Pero cuando todo apuntaba a que debería abandonar la Academia llegó el indulto. Ocurrió que Don Aniano había sido el descubridor, para mayor esplendor de nuestra maravillosa lengua, de los modismos “Como puta por rastrojo” y “Te meto una que te avío”, y, ante esta bastísima contribución, las autoridades competentes decidieron finalmente que no lo abocarían a más deshonra. Eso sí, se le pidió que por favor y por decoro, en las sesiones académicas se abstuviera de usar zapato de tacón alto, artificios capilares y nada de rimel ni lápiz de labios. Cuando retorné a repartir mi curriculum a la puerta de la Academia, pude apreciar que Ani, como ahora se hacía llamar don Aniano, otrora un tipo que había basado su existencia en el gris y su amplia gama, se mostraba simpaticón y donoso a más no poder, tan pizpireto, feliz y colorido como se le veía daba gusto. Me alegré por él y me dispuse de nuevo a la espera.

No veas como jode repartir currículums en invierno y la ansiada fumata blanca que no llegaba. En fin, un día comprando compresas con alas en el estanco, un tipo un tanto alopécico, halitósico y alicaído me pidió salir, a lo que le contesté que eran las 7:30 para, acto y seguido, salir pitando fingiendo tener más prisa que Polanco. En el devenir de la carrera tropecé con un zopilote, cayendo ambos de bruces. Al levantarme un guardia urbano, por llamarle de alguna manera, intentaba, no sin esfuerzos, rellenar una boleta de denuncia contra mí por escándalo público, mofa, befa y fimosis. Mantuve mi educación y la compostura mientras me interesaba en si dada mi situación de reo tenía derecho a deponerme en lo que venía a ser su progenitora, respondiéndome que no recordaba haberlo visto preceptuado y que tenía que consultarlo con la central, aprovechando lo cual me eché de nuevo al monte quitándome los pantalones y la camisa sobre la marcha para despistarle con el cambio de indumentaria.

Un par de calles más allá un tipo alto, chupado, con bata blanca, cara de pasillo, cabeza de pepino, rocín flaco y galgo corredor me requirió mano en alto cual si fuera yo un taxi y por no darle plantón, que todavía me remordía haber dejado compuesto al otro en la expendeduría, y a pesar de la grima que daba el pollo, me detuve y le atendí. Me invitó amablemente a entrar en el portal y yo, cansado, en tanga-slip y por conservarme ignoto, le seguí. Y así nos llegamos a una puerta en la que un cartel anunciaba Viuda, hermanos, hijos, nietos, biznietos, tataranietos y choznos de Sisenando, laboratorio científico, desde 1999 y entre paréntesis ¡No hacemos fotocopias!

 El del rocín flaco la abrió y me instó a entrar.

 – Pase, por favor, pase. Qué venía usted, por lo del anuncio ¿verdad? — dijo con un marcado acento austro-húngaro.

– Sí, sí — respondí yo azorado y confundido, dejándome llevar para ganar tiempo.

– Muy bien, lo adiviné al instante por sus galas. Póngase cómodo, enseguida le atendemos — dijo en esta ocasión con un tonillo que definiría como mahorí.

Mientras desaparecía por una puerta yo aproveché para vestirme y estaba a punto de hacer mutis por el foro cuando en esas me interpeló:

– Pero ¿se ha vestido usted muy señor mío? — el deje era ahora tardofranquista.

 – Bueno es que me he dado cuenta que me he dejado a mi abuela en la bañera… – improvisé haciendo por salir.

– No se preocupe hombre, si los ancianos, como los niños, se lo pasan de miedo en el agua, además que le puede pasar, ¿qué salga arrugada? Je, je, je — quiso hacerse el agudo, la entonación de Minglanilla de Oca.

– Si fuera su abuela no se reiría tanto — le dije disgustado y con razón.

– Perdone – el hombre se arrodilló suplicante y sonrojado — no quería ofenderle, es que este experimento es tan importante para nuestro laboratorio… — juraría que con tono canino.

Arrepentido por haberme mostrado tan esquizoide frente a su manifiesta pureza de sentimiento, le incorporé, me fundí en un abrazo con él y le besé, en la mejilla, porque he de decir que él se vino arriba queriendo meterme la lengua en la boca si le llego a dejar. Viendo el percal del experimento y a pesar de la fuerte sinergia nacida entre nosotros siendo nosotros en este caso mayestático de él, hice un nuevo intento de escabullida.

– Oiga ¿y si me acojo a la quinta enmienda?

– Vamos hombre, como bien sabrá aquí en Viuda, hermanos, hijos, nietos, biznietos, tataranietos y choznos de Sisenando la política es estar siempre en la vanguardia, por eso tras nuestro reciente éxito internacional que a punto ha estado de reportarnos un Nóbel por el primer transplante de epitelio escrotal, nos proponemos ahora el abordaje de la ingeniería genética y la clonación, ahí es ná. Y sabiendo esto amigo mío, ¿me va a decir usted que no quiere estar en primera línea de playa cuando ocurra? – en lo que va de párrafo recuerdo que detecté por lo menos tres acentos diferentes, a saber: Esdrújulo, serbo asistido y gualda.

 – ¿No será en primera línea de batalla? – le enmendé yo lo que es la plana.

 – Eso ya como usted prefiera – de ahora en adelante evitaré detallar sus entonaciones, más que nada por contribuir al fomento gubernamental del ahorro.

 – ¿Y en que consiste el experimento?- la curiosidad, claro.

– En aislar genes. – ¿Y eso duele? – Hombre, depende del gen — dijo sincero.

– Y una vacante a escala laboral, no tendrá ¿verdad? – me lo jugué todo a una carta, aunque ahora que lo pienso no tenía nada que jugarme.

– Pues sí, precisamente necesitamos cubrir tres puestos en la empresa, uno de señora de la limpieza, otro de jardinero especializado en sotobosque y uno de científico con coche propio, ¿cual le interesaría concretamente?

– Déjeme pensar…

Y así comenzó mi cuarta empleación, la tercera aconfesionalmente hablando y una bonita amistad pero no quisiera dejar sin finalizar la conversación con este señor tan científico como buena persona, pues en ella se aclaran a la par conceptos y temáticas muy provechosos o no, dependiendo del alcance de cada uno.

– Por cierto, ¿de donde coño es usted?, porque con ese acento despista – le pregunté yo.

– Es un problema congénito de frenillo, estoy a la espera de que me llamen de la Seguridad Social para intervenirme.

 – Ah — sintético, por mostrar mis dotes científicas

– Y respecto a Sisenando, ¿qué es usted, tataranieto?

– Ahora que vamos a ser socios debo decirle que yo soy Sisenando.

– Pues se conserva muy bien, aparenta 46 años.

– Hombre teniendo en cuenta que son exactamente los que tengo pues ni bien ni mal, sino normal, tenemos que hablar con propiedad amigo, recuerde que nos debemos a la ciencia.

-Entonces, — respondí ruborizado por estar mi inexorabilidad científica en entredicho — es usted pelillo precoz ¿no?, ¿Tiene ya tataranietos? ¿Y viuda?

– Por dios, con perdón de la ciencia, pero si soy soltero y para más aliciente estéril y homosexual o trucha.

– ¡Anda mi mare! — especulé espontáneamente aunque con el mayor rigor posible.

 – Marketing, hijo mío, ni la ciencia se libra.

– ¿El material fungible o babi lo traigo yo o lo pone la empresa?

 – Tráigalo usted que soy muy malo para calcular tallas.

– Bueno pues me voy a ir que se le habrá enfriado el agua a mi abuela no vaya a ser que se pille la mujer una mixomatosis — rematé con esta rebolera, demostrando que se me salía la ciencia por los cinco costados.

 El clonar es, como todo, cuestión de empezar. Y que también hizo mucho el que formábamos un gran equipo. Nando era un esteta de la ciencia, un trovador del método, un mago de la erudición y se daba un garbo con las probetas que ni el más corrido malabarista y yo, por mi parte y porque no decirlo, siempre había tenido fama de mañoso, así que ahí estábamos los dos, mano a mano, dale que te pego, pim pam, pim pam, clonando como bestias, hasta que llegó el momento en que no cabíamos todos en el laboratorio. Le expuse entonces clonarlo también para ganar espacio pero arguyó que no iba a ser posible por no sé que del adeene. De momento y en espera de una solución definitiva, optamos por mandar los clones al bar de la esquina para que se entretuvieran con el Tour de Francia, pero muchos optaban por el libre albedrío y no volvían, con lo que la mayor parte de las veces ni amortizábamos siquiera el gasto en material, por no hablar de la pesadumbre por su pérdida porque quieras que no se les coge cariño pues son como hijos. Cuando descubríamos en las noticias las confusiones que obraban campando a sus anchas por esos mundos, teniéndose en cuenta máxime, que muchos de ellos eran plagios de personajes públicos o incluso impúdicos, no sabíamos si reírnos o llorar, pues si bien los sucesos que provocaban eran en su generalidad de lo más simpáticos y jaraneros, los encargos nos llegaban siempre bajo la exigencia de absoluta discreción. Bueno y de parecido razonable, se entiende.

Así por ejemplo, la que lió el clon del Papa Católico Apostólico y Romano-Polaco, manufacturado expresamente a demanda del Vaticano para un viaje oficial de su santidad a Las Vegas dentro de la que fue la última y sufrida etapa de su santificado, según rezaba el literal del fax del pedido “Por si tiene que salir en la segunda parte”, fue menuda. La verdad es que el prototipo no hizo otra cosa que llegarse a aquel recinto, por otro lado nocturno y de carretera, y sin excesos de ningún tipo y vestido de paisano se sentó en la barra y pidióse un refrigerio con una lagrimita de idiosincrasia espiritosa, que tampoco tenía el cuerpo para lujos asiáticos – hacemos clones, no milagros oiga – queriendo la casualidad, que no descansa nunca, que coexistiera allí y en aquel momento un paparazzi con el arma cargada (la polaroid), escrutando presuntas librepensadoras populares que por acullá pudieran pulular, a las que inmortalizar sin otro ánimo que el exclusivamente, topándose en estas con el replicante. ¡Flash! La instantánea dio la vuelta al mundo en microcentésimas de nanosegundo, pero el Vaticano, con la inspiración divina que le es propia, atajó en seco y con brillantez la urdimbre, amenazando a los medios con no conceder nunca más la nulidad, eclesiásticamente hablando, a matrimonios de personalidades del folk si el asunto llegaba a trascender. Y allí se quedó la cosa, salvo por nuestra excomunión.

Hubo encargos síngulo-plurales, como los triples dobles encargados por el furbolista Rolando, de profesión deidad y de nombre como el del cantar del Mío Cid, porque no daba abasto con la efervescencia femenina para con su corporación, u otros de carácter ortopédico, como en el que se nos requerían 36 copias, a ser posible en brillo y compulsadas, de un maniquí modelo cazador de helmintos del Turquistán, por salirles más barata la adquisición gracias a nuestra oferta promocional de lanzamiento que comprando los muñecos al fabricante.

 El requerimiento que más faena nos supuso, conjuntamente con una gran honra y orgullo, fue el de israelíes y palestinos, quienes en su infatigable búsqueda de una solución nos encomendaron varios cientos de lotes de efectivos, y me está viniendo a la cabeza una de esas historias entrañables y enternecedoras que se cuentan en Navidad y que consiguen calar en las emociones de hasta los más impertérritos, germinando una catarsis de la que todos retoñamos más virtuosos y bienhechores si cabe y es que el club de fans de Lauren Postigo, tras una exhaustiva colecta entre sus amigos, enemigos y familiares, nos confió la elaboración de un segundo Lauren para regalo y agasajo de Carolina de Mónaco, a quien admiraban tanto y con cuyo club de devotos ansiaban ha ya hermanarse, aprovechando su inminente visita a nuestro país, invitada por las autoridades para inaugurar una nueva línea de suburbano entre las estaciones de La Rosilla y Las Barranquillas.

El día del estreno, tras conseguir zafarse de las fuertes medidas de seguridad, primero y de las fuertes medidas de los yonkis, segundo, una representación del club compuesta por el presidente, el consejero delegado, una recua de ejecutivos, subgerentes por la izquierda, managements y representantes sindicales, consiguieron llegarse a Carolina haciéndola poseedora de su legado, emocionados. A la monacal se le cayó la quijada hasta el subsuelo (recordamos para los más despistados que estaban en el metro) tras desembalar tan deliciosa, si aparatosa, sorpresa.

De lo que a continuación aconteció tuve noticia tanto a través de la prensa fucsia, como por labios de una ujier del club de fans con la que tuve oportunidad de pelar la pava y tal, resultando que Su Alteza Doña Carolina se marchó tras la festejación, dejándose olvidado, con la tontería, su presente en la estación de Las Barranquillas. A la anochecida, unos parroquianos de la drogadicción que buscaban el portal de Belén, a la sazón distribuidora muy prestigiosa de la zona, oyeron un llanto y conmovidos acudieron encontrándose con el Lauren regalado quien, muerto de hambre y frío, no tenía el pobre a donde ir. Como a los clones cuando se encargan de serie, como es el caso, no les ponemos abalorios véase reloj, cadenas de oro o bambas de marca, no se metieron con él y apiadándose lo llevaron consigo por si en algún momento necesitaban un rehén o algo así. Luego de adquirir en el drugstore de Belén los souvenirs que venían buscando, locos de contentos se volvieron por donde habían llegado, dejándose de nuevo en medio del alborozo al bueno de Lauren extraviado en el supermercado, quien víctima de un inopinado e ingobernable ataque de profundis lirismo, se arrancó allí mismo a declamar coplas de pie quebrado por la muerte de su padre como un poseso, produciendo un amotinamiento entre una clientela que embrutecida y ya suficientemente castigada por la neurastenia desalmada de la abstinencia, no estaba para tamañas florituras. Y ahí fue cuando empecé a entender realmente la trascendencia que tiene la herencia genética, pero a lo que vamos, que no veas como trotaba el Lauren al frente de los malsanos, y de esta guisa, en medio de la agitación y el traqueteo, acaso pelín ahíto e importunado de tanto detrimento, se dijo a sí mismo que esto no podía seguir así, que hasta aquí podíamos llegar y que algo tenía que hacer que diera sentido y quietud a su existencia y meditándolo transcurrirían del dicho al hecho unos dos kilómetros que son los que tardó en columbrar a una fuerza de seguridad, a la que se refirió sin resuello, para, con perdón de la expresión, interpelarle.

– ¿El palacio de los Grimaldi, dice usted? — reformuló el brazo de la ley — por aquí no me suena, seguramente esté en las afueras, si eso pregunte allí.

Y a las afueras que se fue para no volver. Cuando llegó a Palacio tres días después era noche cerrada y no había ni dios, que debían estar todos o en algún acto benéfico o de farra valga la redundancia, y como se encontrara con la puerta abierta, que por no cargar con el pedazo llavín que abría el portón del Castillo la dejaban de par en par, acomodóse en el interior a esperar con impaciente ilusión la venida de su ama, que no se produjo hasta rayar el día, aduciendo entonces Carolina de Mónaco no recordar nada en general y sobre tal regalo en particular y aunque así fuera, juzgó como de muy mal gusto que hubieran osado ofrendarle una imitación, con la agravante de no encontrarlo nada combinable, por lo que ya se pensaría si lo reciclaban o lo repatriaban al tercer mundo.

Y así de mal le pintaban las cosas una vez más y consolábase nuestro rubio clon declamando por lo bajini por los pasillos de palacio al aguardo de una resolución hasta que, no tardando, lo embarcaron en un mercancías y ya en alta mar, no se sabe si por voluntad del principado o por neurastenia marinera, estaba a punto de ser arrojado por la borda sino llega a sonar el teléfono, condonándose ipso facto la propulsión y siendo ordenado su retorno con carácter retroactivo y a portes debidos, pues habían barruntado a última hora que podían donarle a los niños del nuevo hospicio, como golpe de efecto y colofón de la cena de gala de apertura, do además estaban convidadas las más deslumbrantes personalidades del mundo de las ciencias sociales, manantiales sin par de belleza, riqueza y poder, para arropar con su rutilante aura a los tiernos infantes.

Y así fue como Lauren prima tuvo por fin un hogar y un cometido en su vida, amén de alguna que otra neurastenia infantil. Bonito, ¿verdad?, se me pone la carne de gallina al rememorarlo.

Cuantos y buenos recuerdos me trae aquella época que desdichadamente se truncó en el punto que Sisenando y yo nos retiramos el saludo, y todo porque nos encomendaron una réplica de la Supermodelo Noemí Campbelly un servidor se permitió observar que no iba a pasar nada si nos hacíamos una copia pirata para el nuestro usufructo, pero agárrate como se puso y la escenita que me montó, aún me cabe la duda de si por celo profesional o si por celo del otro.

La cuestión es que tuve que jurarle sobre “Del origen de las especies” que renunciaba a la idea, lo que no quitó para que transcurrido un tiempo, concretamente esa misma noche, me hiciera una reproducción a color que se me pasó por completo ocultar cuando, tres otoños y una primavera más tarde, se me ocurrió invitarle a casa a almorzar completamente gratis. Al día siguiente estaba de nuevo a las puertas de la Academia sine die. Podría decirse que se nos rompió la clonación de tanto usarla.

Con el tiempo he conseguido entender porque son tan mayores los señores de la Academia y porque se agarran con uñas y dientes a su sillón. En fin, sólo me queda meter esta carta en una botella, tirarla al Manzanares y no perder la fe.

Madrid, Septiembre de 2009.

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La Casa de la Pradera

Tras haber sobrevivido durante más allá de una centuria a plagas, guerras y políticos, colonos e indígenas, buscadores de oro y cazadores de recompensas, conductores de diligencias, cabareteras y furcias, predicadores y reverendos, ligas puritanas y confederaciones hidrográficas, búfalos y osos, timbas y duelos,  Zebulón MacKeihan se las veía ahora con su lecho de muerte en el hospital materno-infantil del condado de Wichita.

  Con gran consternación los médicos le hacían abatiendo búfalos en soleadas si ignotas praderas para él y cobrándose sus primeros cabellos de ángel, antes de la llegada del siguiente crepúsculo. El mismísimo presidente se había interesado muy preocupado por la suerte del héroe patrio. Todo estaba preparado para las exequias, sufragios y honras dignas del más alto preboste. La nación entera estaría de luto.  

   Y en estas estaban cuando Zebulón sufrió una erección. Cuentan que Zeb le pidió entonces con voz de ultratumba, otrora de trueno, a su desbordante ángel custodio embutida en tan sanitario batititín, que no se sustrajera de su responsabilidad y que trocara la c de celadora por la f de Francia y de todo lo francés y de felicidad, en aras de sofocar aquel postrimero tumulto. Aquella buena mujer apiadóse y tragó con su ultima voluntad por tratarse de tan bizarro prohombre. Y cuentan que en el hospicio tembló y rugió como nunca el trueno y después Zeb se durmió plácido y risueño como un niño, asido con los dientes al mismo y hediondo cigarro de siempre. Pronto, sus constantes vitales se fueron apagando haciéndole de nuevo las autoridades sanitarias a punto de estar a punto.

 

    Adpero con el cambio de turno, llegó la celadora embutida, fragante a flores del campo, y a manantial, y a pradera, y se puso su batititín y Zeb completamente exánime y a punto de estar a punto volvió a sufrir un pronunciamiento, pasando a un estado menos exánime o por lo menos en parte, según el atestado facultativo. La celadora embutida, cuya escarpada morfología tenía que deberse al grandísimo corazón que le redundaba el pecho, llegaba con la tristeza de ir a encontrarse a Zeb de cuerpo presente, así que cuando se lo encontró todavía latiente mas luego caliente sintió reconforte. Por su parte Zeb, que se debió apercibir desde su estado comatoso de su mutación anatómica, farfulló unos cuantos morfemas y algunas cacofonías ciertamente inescrutables a los que alguien quiso encontrar resonancias con el bramido del búfalo de Mimesota en época de galanteo e intentó alzar un brazo como el que demanda el alto a una diligencia o algún otro tipo de atención sobre sí. Las cabezas pensantes empezaron a barruntar que de dar las boqueadas Zeb de aquella guisa, los actos oficiales y homenajes quedarían deslucidos, sin contar con que aquellos desajustes de ralentí del moribundo podían retrasar un final vaticinado y a aquellas alturas ya perfectamente planificado, diseñado y con hasta el más mínimo detalle ultimado y con la acrecencia del fachoso ridículo para el cuadro médico y sus predicciones, hechas públicas ante cientos de periodistas nacionales e internacionales que blocaban hasta las salidas de aguas fecales del hospital a la espera de novedades y desenlaces que trasladar al mundo entero, amén que no podría cerrarse una caja de pino al uso dada la prosopopeya de Zebulón. Total, que la celadora tuvo que tragar de nuevo. 

  Al tercer día de la primera erección la buena samaritana no acudió al cambio de turno que en su lugar, para evitar nuevos enervamientos, embutieron a una compañera enjuta y desdentada a la que el batititín parecíale túnica. Algo no encajó en lo previsto pues en esta ocasión habría de hablarse de estado de verraquez óptimo. Una vez superados los estados de pasmo y turbación por tan imprevisto si ya acostumbrado estira y afloja, esta vez le tocó solucionar la papeleta a la desdentada, que bien vista la cosa pues mira tú, oye. Se ve que el batititín estaba impregnado de las embriagadoras emanaciones de la del corazón embutido; el instinto de supervivencia de Zeb posiblemente hizo el resto. 

  En el cuarto día, trajeron de un hospital veterinario de Alabama a un celador cuyas diferencias con el orangután de Mimesota eran despreciables incluso desde la óptica de una perspectiva caballera, no siendo el olor una de ellas. Para evitar más contratiempos, se incineró el batititín y el celador cubriría todos los turnos. Todo salió según lo esperado hasta que a la hora del relevo Zeb se vino arriba y el celador por consiguiente, abajo. Algo después, el de Alabama salía de allí espetado y con muy mal sabor de boca no sólo por la disipación de la plaza de liberado sindical prometida. Se conoce que la dinámica había sentado jurisprudencia en el reloj biológico del vetusto pionero; ya se sabe que el viejo es necesitado de costumbre. 

 Llegó el quinto día un pistolero como jamás se vio, ex profeso. Sombrero de ala ancha acaso más propio en mosquetero o señora de hipódromo, impenetrable sombra en el rostro, quizá por lo del ala ancha del sombrero, y mirada hierática y misteriosa. Reunido el consejo de sabios no se había hallado otra solución para tal brete; un encargo subrepticio a quien sin falta, sin fallar y sin indiscreciones zanjara de una vez el asunto. El pistolero se rascó la cabeza. Jamás le habían hecho un encargo rayano a aquel. Entró en la habitación con su Colt Hammer Mulligan III en mano, amartilló el percutor con el mimo de una madre y se acercó al lecho de su víctima. 

–  Pero… ¡Me cago en la leche! – exclamó. 

 Las autoridades sanitarias mientras y a instancia de las autoridades insanitarias ya habían enviado a máquinas el comunicado que difundiría al mundo el definitivo tránsito de tan admirable si indómito semejante en aquel nefasto día. Descanse en paz nuestro héroe. Los ataúdes, catafalcos, plañideras y demás parafernalias propias de este tipo de celebraciones estaban dispuestos. Menudos fastos. 

   Tras el disparo, un hombre con sombrero de ala ancha abandonó la habitación verificando con un gesto fugaz al enlace que esperaba en el pasillo que todo había ido según lo previsto. De seguida una recua de personalidades y ese tipo de gente acudieron al cuarto de Zeb como si les hubieran dado la consigna hijoputa el último. Una vez dentro alguien pidió que se subiera la persiana que no se veía ni jurar, pero como sólo había personalidades no se pudo, con lo que tuvieron que actuar un poco a tientas hasta que alguien, de manera anónima, prendió un candil. Justo en ese momento una recua de balas en sentido cama-personalidades hizo un strike, dejando tras su eco en perpetuo silencio aquel gallinero, perpetuo sino fuera cuando la señora de la limpieza vio como le habían dejado aquello.  

  Pero antes de que esto último ocurriera, el hombre de la pistola se incorporó de la cama, se puso la bata y las zapatillas de felpa y salio disparado por el pasillo entre el trasiego masivo formato estampida suscitado por las detonaciones. Tenía el rostro realmente pálido. Una vez ganó la calle, el del pijama divisó como el del ala ancha galopaba hacia él sobre un caballo que de cara era clavado al todavía por nacer, egregio escritor Fernando Sánchez Dragó. Se subió a la grupa sobre la marcha. 

–  Para haber estado en coma, te ves ágil…- ironizó el del ala ancha.

– Trae, soy extremadamente cutifino, no soporto ni la radiación solar en particular, ni la radiactiva en general — dijo el del pijama quitándole el sombrero al piloto del caballo para ponérselo él.

   Y resultó que el que venía a caballo a recoger al del pijama era Zebulón, quien hizo recular al cuadrúpedo para volver al hospital. 

–  Acabé con la recua, no hace falta que des la vuelta – le aclaró el pistolero, en pijama, a sus espaldas.

– Es una cuestión de flecos – respondió Zeb. 

Llegado al hospital, tomó Zeb de nuevo prestado el sombrero de ala ancha antes de adentrarse en el recinto, para salir al poco con su característica y enconada cojera consultando algo en un papel. Las llamas se asomaban por la ventana de la que fuera su habitación. 

–   Llévame a las afueras muchacho y deja de momento que me esconda bajo tu sombrero, mientras esto te protegerá – y le encasquetó al pistolero del pijama unos pantys que por el tamaño debían ser de la enfermera jefe. 

 No tardaron en llegar a las afueras y tras otear al viento unos instantes, Zeb le dio indicaciones al pistolero en dirección a una linda casita en la ribera de un arroyo que bajaba de las montañas. Allí Zeb se bajó del caballo devolviéndole su sombrero. 

– ¿Qué harás ahora? — le pregunto el matachín.

– Pues de momento no pienso pagar impuestos nunca más – respondió Zeb – Ventajas de estar oficialmente muerto.¿Por qué me has ayudado? — le preguntó con curiosidad.

–  Cuando me hicieron el encargo sólo me dijeron que el sujeto pasivo lo era de veras y yo…ejem — al pistolas le salió un hilo de voz– digamos que tenía un póster tuyo en mi habitación cuando era un crío.

–  Gracias por todo amigo y si aceptas un consejo, con lo sufrida que es tu profesión yo que tú no perdería de vista ese hospital. Tienen unos métodos de reanimación que deberías probar – se despidió Zeb del pistolero quien se alejó lógicamente hacia el horizonte sin oír como a sus espaldas Zeb le gritaba:

– ¡Oye, que vas en pijama! 

Cuando subía, renqueante y con el hediondo puro clavado en su sonrisa, hacia el porche de aquella linda casita, rodeada de flores del campo, al lado del manantial, en aquella linda pradera, Zeb sufrió una erección.  

Agradecimientos:

Hospital Materno Infantil de Wichita

Concejalía de turismo y tracto intestinal de Minnesota (¡Visite Minnesota! Le sorprenderá su fauna)

Denominación de Origen Moriles, sin cuya valiosa contribución este proyecto no hubiera sido posible

Efectos especiales Viagra S.A.

*No se ha maltratado a animal, vegetal o mineral cualesquier por insignificante o asqueroso que pueda ser. La ley no dice nada de personalidades.