La Casa de la Pradera

Tras haber sobrevivido durante más allá de una centuria a plagas, guerras y políticos, colonos e indígenas, buscadores de oro y cazadores de recompensas, conductores de diligencias, cabareteras y furcias, predicadores y reverendos, ligas puritanas y confederaciones hidrográficas, búfalos y osos, timbas y duelos,  Zebulón MacKeihan se las veía ahora con su lecho de muerte en el hospital materno-infantil del condado de Wichita.

  Con gran consternación los médicos le hacían abatiendo búfalos en soleadas si ignotas praderas para él y cobrándose sus primeros cabellos de ángel, antes de la llegada del siguiente crepúsculo. El mismísimo presidente se había interesado muy preocupado por la suerte del héroe patrio. Todo estaba preparado para las exequias, sufragios y honras dignas del más alto preboste. La nación entera estaría de luto.  

   Y en estas estaban cuando Zebulón sufrió una erección. Cuentan que Zeb le pidió entonces con voz de ultratumba, otrora de trueno, a su desbordante ángel custodio embutida en tan sanitario batititín, que no se sustrajera de su responsabilidad y que trocara la c de celadora por la f de Francia y de todo lo francés y de felicidad, en aras de sofocar aquel postrimero tumulto. Aquella buena mujer apiadóse y tragó con su ultima voluntad por tratarse de tan bizarro prohombre. Y cuentan que en el hospicio tembló y rugió como nunca el trueno y después Zeb se durmió plácido y risueño como un niño, asido con los dientes al mismo y hediondo cigarro de siempre. Pronto, sus constantes vitales se fueron apagando haciéndole de nuevo las autoridades sanitarias a punto de estar a punto.

 

    Adpero con el cambio de turno, llegó la celadora embutida, fragante a flores del campo, y a manantial, y a pradera, y se puso su batititín y Zeb completamente exánime y a punto de estar a punto volvió a sufrir un pronunciamiento, pasando a un estado menos exánime o por lo menos en parte, según el atestado facultativo. La celadora embutida, cuya escarpada morfología tenía que deberse al grandísimo corazón que le redundaba el pecho, llegaba con la tristeza de ir a encontrarse a Zeb de cuerpo presente, así que cuando se lo encontró todavía latiente mas luego caliente sintió reconforte. Por su parte Zeb, que se debió apercibir desde su estado comatoso de su mutación anatómica, farfulló unos cuantos morfemas y algunas cacofonías ciertamente inescrutables a los que alguien quiso encontrar resonancias con el bramido del búfalo de Mimesota en época de galanteo e intentó alzar un brazo como el que demanda el alto a una diligencia o algún otro tipo de atención sobre sí. Las cabezas pensantes empezaron a barruntar que de dar las boqueadas Zeb de aquella guisa, los actos oficiales y homenajes quedarían deslucidos, sin contar con que aquellos desajustes de ralentí del moribundo podían retrasar un final vaticinado y a aquellas alturas ya perfectamente planificado, diseñado y con hasta el más mínimo detalle ultimado y con la acrecencia del fachoso ridículo para el cuadro médico y sus predicciones, hechas públicas ante cientos de periodistas nacionales e internacionales que blocaban hasta las salidas de aguas fecales del hospital a la espera de novedades y desenlaces que trasladar al mundo entero, amén que no podría cerrarse una caja de pino al uso dada la prosopopeya de Zebulón. Total, que la celadora tuvo que tragar de nuevo. 

  Al tercer día de la primera erección la buena samaritana no acudió al cambio de turno que en su lugar, para evitar nuevos enervamientos, embutieron a una compañera enjuta y desdentada a la que el batititín parecíale túnica. Algo no encajó en lo previsto pues en esta ocasión habría de hablarse de estado de verraquez óptimo. Una vez superados los estados de pasmo y turbación por tan imprevisto si ya acostumbrado estira y afloja, esta vez le tocó solucionar la papeleta a la desdentada, que bien vista la cosa pues mira tú, oye. Se ve que el batititín estaba impregnado de las embriagadoras emanaciones de la del corazón embutido; el instinto de supervivencia de Zeb posiblemente hizo el resto. 

  En el cuarto día, trajeron de un hospital veterinario de Alabama a un celador cuyas diferencias con el orangután de Mimesota eran despreciables incluso desde la óptica de una perspectiva caballera, no siendo el olor una de ellas. Para evitar más contratiempos, se incineró el batititín y el celador cubriría todos los turnos. Todo salió según lo esperado hasta que a la hora del relevo Zeb se vino arriba y el celador por consiguiente, abajo. Algo después, el de Alabama salía de allí espetado y con muy mal sabor de boca no sólo por la disipación de la plaza de liberado sindical prometida. Se conoce que la dinámica había sentado jurisprudencia en el reloj biológico del vetusto pionero; ya se sabe que el viejo es necesitado de costumbre. 

 Llegó el quinto día un pistolero como jamás se vio, ex profeso. Sombrero de ala ancha acaso más propio en mosquetero o señora de hipódromo, impenetrable sombra en el rostro, quizá por lo del ala ancha del sombrero, y mirada hierática y misteriosa. Reunido el consejo de sabios no se había hallado otra solución para tal brete; un encargo subrepticio a quien sin falta, sin fallar y sin indiscreciones zanjara de una vez el asunto. El pistolero se rascó la cabeza. Jamás le habían hecho un encargo rayano a aquel. Entró en la habitación con su Colt Hammer Mulligan III en mano, amartilló el percutor con el mimo de una madre y se acercó al lecho de su víctima. 

–  Pero… ¡Me cago en la leche! – exclamó. 

 Las autoridades sanitarias mientras y a instancia de las autoridades insanitarias ya habían enviado a máquinas el comunicado que difundiría al mundo el definitivo tránsito de tan admirable si indómito semejante en aquel nefasto día. Descanse en paz nuestro héroe. Los ataúdes, catafalcos, plañideras y demás parafernalias propias de este tipo de celebraciones estaban dispuestos. Menudos fastos. 

   Tras el disparo, un hombre con sombrero de ala ancha abandonó la habitación verificando con un gesto fugaz al enlace que esperaba en el pasillo que todo había ido según lo previsto. De seguida una recua de personalidades y ese tipo de gente acudieron al cuarto de Zeb como si les hubieran dado la consigna hijoputa el último. Una vez dentro alguien pidió que se subiera la persiana que no se veía ni jurar, pero como sólo había personalidades no se pudo, con lo que tuvieron que actuar un poco a tientas hasta que alguien, de manera anónima, prendió un candil. Justo en ese momento una recua de balas en sentido cama-personalidades hizo un strike, dejando tras su eco en perpetuo silencio aquel gallinero, perpetuo sino fuera cuando la señora de la limpieza vio como le habían dejado aquello.  

  Pero antes de que esto último ocurriera, el hombre de la pistola se incorporó de la cama, se puso la bata y las zapatillas de felpa y salio disparado por el pasillo entre el trasiego masivo formato estampida suscitado por las detonaciones. Tenía el rostro realmente pálido. Una vez ganó la calle, el del pijama divisó como el del ala ancha galopaba hacia él sobre un caballo que de cara era clavado al todavía por nacer, egregio escritor Fernando Sánchez Dragó. Se subió a la grupa sobre la marcha. 

–  Para haber estado en coma, te ves ágil…- ironizó el del ala ancha.

– Trae, soy extremadamente cutifino, no soporto ni la radiación solar en particular, ni la radiactiva en general — dijo el del pijama quitándole el sombrero al piloto del caballo para ponérselo él.

   Y resultó que el que venía a caballo a recoger al del pijama era Zebulón, quien hizo recular al cuadrúpedo para volver al hospital. 

–  Acabé con la recua, no hace falta que des la vuelta – le aclaró el pistolero, en pijama, a sus espaldas.

– Es una cuestión de flecos – respondió Zeb. 

Llegado al hospital, tomó Zeb de nuevo prestado el sombrero de ala ancha antes de adentrarse en el recinto, para salir al poco con su característica y enconada cojera consultando algo en un papel. Las llamas se asomaban por la ventana de la que fuera su habitación. 

–   Llévame a las afueras muchacho y deja de momento que me esconda bajo tu sombrero, mientras esto te protegerá – y le encasquetó al pistolero del pijama unos pantys que por el tamaño debían ser de la enfermera jefe. 

 No tardaron en llegar a las afueras y tras otear al viento unos instantes, Zeb le dio indicaciones al pistolero en dirección a una linda casita en la ribera de un arroyo que bajaba de las montañas. Allí Zeb se bajó del caballo devolviéndole su sombrero. 

– ¿Qué harás ahora? — le pregunto el matachín.

– Pues de momento no pienso pagar impuestos nunca más – respondió Zeb – Ventajas de estar oficialmente muerto.¿Por qué me has ayudado? — le preguntó con curiosidad.

–  Cuando me hicieron el encargo sólo me dijeron que el sujeto pasivo lo era de veras y yo…ejem — al pistolas le salió un hilo de voz– digamos que tenía un póster tuyo en mi habitación cuando era un crío.

–  Gracias por todo amigo y si aceptas un consejo, con lo sufrida que es tu profesión yo que tú no perdería de vista ese hospital. Tienen unos métodos de reanimación que deberías probar – se despidió Zeb del pistolero quien se alejó lógicamente hacia el horizonte sin oír como a sus espaldas Zeb le gritaba:

– ¡Oye, que vas en pijama! 

Cuando subía, renqueante y con el hediondo puro clavado en su sonrisa, hacia el porche de aquella linda casita, rodeada de flores del campo, al lado del manantial, en aquella linda pradera, Zeb sufrió una erección.  

Agradecimientos:

Hospital Materno Infantil de Wichita

Concejalía de turismo y tracto intestinal de Minnesota (¡Visite Minnesota! Le sorprenderá su fauna)

Denominación de Origen Moriles, sin cuya valiosa contribución este proyecto no hubiera sido posible

Efectos especiales Viagra S.A.

*No se ha maltratado a animal, vegetal o mineral cualesquier por insignificante o asqueroso que pueda ser. La ley no dice nada de personalidades.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s